El Manto Y La Corona


Como no estamos solos en el mundo,
y miramos afuera, y nuestra isla de amor está comunicada por puentes incontables con las necesidades, las tristezas, el dolor de las gentes; como te sientes reclamada por una obligación más fuerte que tu misma ventura, ya no te basta que te diga, o te cante o te llore que te quiero para creerme que te quiero.

Me has pedido que piense en combatir; que tome, por mi orgullo y por tu amor, mi sitio, mi lugar de soldado en la amargura de los ejércitos humanos. Porque te quiero y porque soy, te escucho; y porque quiero ser porque te quiero.

Estoy aquí, diciéndote que no he olvidado lo que debo; y estoy contento, porque corro mis riesgos junto a ti. Porque a mi izquierda y a mi derecha estás luchando,y porque sé que cuando vuelva a descansar mis brazos, a cerrarme las recientes heridas, ya no será para estar solo. 
Rubén Bonifaz Nuño

“Sólo para locos”

De mi adecuada lectura de domingo, extraje un pedazo que bien puedo adaptar a mi vida actual, comparándome con el lobo estepario, mis días, y éste en especial transcurre así, pacífica y dramáticamente sin emoción, con esa paz que irónicamente inquieta porque es como beber un té tibio cuando mi lengua quisiera quemarse o helarse. 

De las anotaciones de Harry Haller:

“Es algo hermoso esto de la autosatisfacción, la falta de preocupaciones, estos días llevaderos, a ras de la tierra, en los que no se atreven a gritar ni el dolor ni el placer, donde todo no hace sino susurrar y andar de puntillas. Ahora bien, conmigo se da el caso, por desgracia, de que yo no soporto con facilidad precisamente esta semisatisfacción, que al poco tiempo me resulta intolerablemente odiosa y repugnante, y tengo que refugiarme desesperado en otras temperaturas, a ser posible por la senda de los placeres y también por necesidad por el camino de los dolores. Cuando he estado una temporada sin placer y sin dolor y he respirado la tibia e insípida soportabilidad de los llamados días buenos, entonces se llena mi alma infantil de un sentimiento tan doloroso y de miseria, que al dormecino dios de la semisatisfacción le tiraría a la cara satisfecha la mohosa lira de la gratitud, y más me gusta sentir dentro de mí arder un dolor verdadero y endemoniado que esta confortable temperatura de estufa. Entonces se inflama en mi interior un fiero afán de sensaciones, de impresiones fuertes, una rabia de esta vida degradada, superficial, esterilizada y sujeta a normas, un deseo frenético de hacer polvo alguna cosa, por ejemplo, unos grandes almacenes o una catedral, o a mí mismo, de cometer temerarias idioteces, de arrancar la peluca a un par de ídolos generalmente respetados, de equipar a un par de muchachos rebeldes con el soñado billete de Hamburgo, de seducir a una jovencita o retorcer el pescuezo a varios representantes del orden social burgués. Porque esto es lo que yo más odiaba, detestaba y maldecía principalmente en mi fuero interno: esta autosatisfacción, está salud y comodidad, este cuidado optimismo del burgués, esta bien alimentada y próspera disciplina de todo lo mediocre, normal y corriente.”